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La defensa de la realidad contra el dogma, legado de Galileo

El científico buscó demostrar que no había contradicción entre la Biblia y sus descubrimientos.

El legado de Galileo a la ciencia moderna es el de la defensa valiente de la realidad contra el dogma, de la verdad ante el mito, de la razón frente a la fe, de lo que sabemos ante lo que creemos, del mundo como es ante el mundo como quisiéramos que fuera, afirmó Ruy Pérez Tamayo, profesor emérito de la UNAM y miembro de El Colegio Nacional. En el ciclo de conferencias Galileo, su Tiempo, su Obra, su Legado, celebrado en El Colegio Nacional, el investigador de la Facultad de Medicina ofreció la ponencia Galileo, la Iglesia y la Ciencia Moderna, en la que destacó que los dos componentes esenciales de la ciencia moderna, la razón y la observación empírica y experimental, se desarrollaron en épocas distintas. “La primera, durante el periodo de la Grecia clásica, en el que se abandonaron las explicaciones sobrenaturales y mitológicas para los fenómenos naturales y se intentó comprenderlos de forma racional. “La segunda, a finales de la Edad Media y principios del Renacimiento, cuando se renunció a la autoridad de los clásicos y de la Iglesia y se adoptaron la observaciónempíricaylaexperimentación para explorar a la naturaleza. “Con esos dos elementos combinados, a partir de los siglos XVI y XVII pudo iniciarse la Revolución Científica en el mundo occidental”, explicó Pérez Tamayo. Con sus acciones, Galileo participó para lograr el segundo elemento que acompañaría a la ciencia desde entonces, agregó el patólogo. En su libro El mensajero sideral, Galileo incluyó sus primeras observaciones hechas con un telescopio de fabricación casera, que aumentaba hasta mil veces el área aparente de los objetos y los hacía aparecer 30 veces más cercanos que cuando se examinaban sin su ayuda. Ese texto, repasó Pérez Tamayo, muestra los dibujos del científico italiano de la superficie de la Luna y sus interpretaciones de cráteres, montañas y mares, así como un cálculo de algunas montañas lunares, cercanas a los seis mil metros. También señala que la Vía Láctea está formada por millones de estrellas y describe los satélites de Júpiter, las llamadas estrellas de los Médici. Los datos anteriores podían usarse para apoyar la cosmogonía de Copérnico quien, entre otras cosas, postulaba que la Tierra es un planeta que gira anualmente alrededor del Sol; sin embargo, Galileo simplemente se limitó a prometer más pruebas para un trabajo futuro, detalló. Matemáticas para leer el universo Pérez Tamayo citó a Galileo, quien en 1632 escribió en su dictum: “… la filosofía está escrita en ese libro grandioso, el Universo, continuamente abierto a nuestros ojos. Pero el libro no puede entenderse a menos que uno primero aprenda a comprender el lenguaje y leer las letras en que está escrito. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin las que es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellas, uno se pierde en el laberinto oscuro”. Para Pérez Tamayo, con ese texto las matemáticas quedaron consagradas como uno de los lenguajes indispensables en la ciencia, como correspondió confirmarlo a Newton en 1687, en su obra Principia Mathematica. El profesor emérito precisó que fue en 1610 cuando Galileo publicó El mensajero sideral, obra que dedicó a Cósimo II de Médici, quien había sido su discípulo y era Gran Duque de la Toscana. Como respuesta al gesto, Galileo fue nombrado Matemático y Filósofo de la Corona y Profesor de Matemáticas de la Universidad de Pisa. “Fue una circunstancia desafortunada, pues si Galileo se hubiera quedado en Padua no lo habrían acusado ante la Santa Inquisición; hacía poco tiempo la República de Venecia había ganado su pleito con el Papa para decidir sus propios asuntos”, señaló Pérez Tamayo. “Mientras Galileo no abrazó públicamente el copernicanismo, sus relaciones con la Iglesia fueron cordiales. En 1611, un año después de la publicación de El mensajero sideral, visitó Roma, fue recibido por el Colegio Romano de los Jesuitas encabezado por el cardenal Roberto Bellarmine y conversó con el padre Clarius, quien había construido un telescopio y confirmado la existencia de los satélites de Júpiter. También fue elegido miembro de la Academia de Lincei y hasta tuvo una entrevista cordial con el Papa Pablo V”. Entonces, continuó, los enemigos de Galileo eran los demás profesores de la Universidad de Pisa, que vivían de enseñar las doctrinas de Aristóteles, no sólo su cosmogonía sino también su física y su filosofía. “La oposición se organizó con la dirección de Ludovico delle Colombe, quien no era profesor pero sí un aristotélico rabioso. Al regresar de Roma en 1612 Galileo tuvo dos disputas: una con Colombe sobre los principios de los ‘cuerpos flotantes’, que lo llevó a expresar argumentos fuertes en contra de la física aristotélica; y la otra polémica fue sobre la prioridad del descubrimiento de las manchas solares, con el padre Christopher Schreiner, un jesuita astrónomo que las atribuía a pequeños planetas pasando por el Sol.

“Galileo publicó otro volumen, Cartas sobre manchas solares, donde señalaba que éstas estaban en el Sol y que dicho astro, como la Luna, no era un cuerpo perfecto”, recordó. “Naturalmente, contradecir las Sagradas Escrituras no había sido la intención de Copérnico ni la de Galileo: ambos querían conocer la verdadera arquitectura del universo”, destacó. Aunque Galileo, quien buscó demostrar que no había contradicción entre la Biblia y sus descubrimientos, fue obligado a retractarse y condenado a arresto domiciliario hasta su muerte, finalizó.